Manabí

Decir “fui a la Costa de Ecuador” es tan impreciso como decir “fui a la Feria de Sevilla” o “estuve en el Louvre”. Por todo ello, debemos hacer algunas precisiones.

Desde que uno se baja del avión en Quito empieza a escuchar una palabra totalmente nueva que le asalta y le crea en la cabeza una curiosa idea, similar a Shangri-La, ElDorado, la Atlántida o, más concretamente, Bahia en Brasil o Andalucia en España. Hablamos del germen de la cultura costeña ecuatoriana, un lugar donde la música, literatura y, muy especialmente, la cocina destacan y generan un tipo absolutamente diferente al resto de la Región. He visto con mis propios ojos a la gente hacerse la boca agua al escuchar la expresión “comedor manabita”, si bien es cierto que muchas de estas virtudes son también otorgadas y objeto de luchas regionalistas intestinas con la limítrofe y también costeña y orgullosa provincia de Esmeraldas.

Otro de los motivos por los que he escuchado Manabí en exceso es por la belleza de sus mujeres y, más directamente dirigido a mí, por la blancura de la piel de la gente. Es una broma muy recurrente que un occidental sea llamado manabo, aunque mi impresión es que se ha potenciado esta generalización como mecanismo de defensa frente a la 100% negra Esmeraldas.

Ventana manabita

Mi viaje comienza en Santo Domingo, la bastarda dueña de sí misma ciudad-terminal de la costa, nudo de comunicaciones que intenta reinventarse frente a nuevas y pujantes ciudades puerto, tradicionalmente más pequeñas, como la propia Esmeraldas.

Arreglo floral manabo

Mi primer destino es Pedernales, aconsejado por algún que otro nativo como destino paradisiaco alejado de lujos innecesarios. Bueno, luego matizaremos eso. En el interior del bus, y una vez que llevamos recorridos 20 kilometros, el “vendedor” de pasajes intenta colarmela diciendo que el ticket que he comprado en la estacion no sirve. Obviamente, tengo que montar un previsible numerito para que el tipo, que realmente creo que pensaba que yo era el que intentaba estafarle, se conforme con el billete que me habian entregado. Todo podia haberse evitado si tuvieran billetes en la estacion que indicaran el nombre de la compañia exacta (vencedores express) y no el nombre del anterior holding (Quevedo, que ademas es el nombre de una ciudad que esta en otra parte, facilitando las confusiones). De todos modos, la cosa se puso bastante peluda y el “revisor” me presiono varias veces con la suave expresion”¿entonces usted lo que quiere es viajar gratis o que?”. Tenso.

Eso me hizo ser algo famoso en el bus. Para mi suerte, mi compañero de asiento era un tipo bastante majo, manabo, y disfrutó limpiando la imagen de su provincia y habitantes, culminando con una definición de sí mismo como socialista y enumerando los logros y avances de “la revolución ciudadana”, el nombre de pila del proyecto de Rafael Correa. Majo el tipo, me recomendó conocer una playa llamada Mompiche, si bien yo tenía pensado dirigirme hacia otra llamada Cojimíes o la isla de Muisne.

Mirada manabita

La entrada en Pedernales, 2 horas y media tras salir, me hizo abandonar toda idea de pensar en quedarme alli. Una especie de Santo Domingo rural y pobre con un recuerdo del mar a lo lejos. Vamos, una joya. Así que justo cuando me bajo, en algo parecido a un campo de tierra donde parece que se arremolinan los transportes, empiezo a escuchar los gritos alentadores de viajeros al son de “Mompiche dele Mompiche” y mas bajito, “Chamanga hoye Chamanga”

W.C.

(Cabe explicar, mientras iba al baño más asqueroso por el que he tenido que pagar -10centavos por mojarme las botas y lavarme las manos en un barril de agua-, que “hoye” es el grito de guerra manabo, puesto que todas las frases comienzan con ese “hoye” y en ocasiones seguido de “chico”.)

Por supuesto, es bastante imposible pasar desapercibido o que no te dirijan directamente a tu destino natural. Y como gringo turista, mi destino natural era entrar en una chiva* junto con 50 personas y cuatro hippies argentinos.

Chiva colombiana

*Chiva: camioneta propia de esta región mitad camioneta mitad madera que se utiliza para transporte local y que la gente disfruta llenándola a rebosar, especialmente en el techo.

El trayecto hasta San Miguel de Chamanga -y por supuesto, no hasta Mompiche, tal y como prometía el vocero de la “estación” de Pedernales- duró 2 horas. Ningún problema, salvo que estamos hablando de una distancia de 50 kilómetros. Durante este tiempo pude observar muchas de las características de la cultura costeña y manabita. Desde el color de la piel hasta el caracter festivo y alegre, pasando por un profundo y sobón machismo que no desprecia a ninguna mujer, especialmente si es extranjera, como las argentinas que tengo sentadas a mi lado.

Como novedad debo precisar que estos hippies argentinos no fueron nada simpáticos, en contra de lo que normalmente ha sido mi experiencia habitual. Como novedad extra diré que yo tampoco lo fui, en contra de lo que normalmente ha sido mi experiencia habitual.

San Miguel de Chamanga

Una vez en el precioso pueblo de San Miguel de Chamanga quedamos los 7 turistas que caimos en la trampa de que la chiva ruinosa se dirigía a Mompiche. Yo aproveché a tomar fotos del pueblo y a subirme a un precioso cerrito, donde una legión de niños -y más aún, niñas preadolescentes- me seguían y preguntaban insistentemente mi nombre. Un beso para Rosalyn, Kevin, Diana, Joselito y el resto que me rodearon por todo el pueblo y que casi hacen que me quede allí porque me despisté más de la cuenta.

San Miguel de Chamanga

…porque mientras, en el recodo de la calle donde la chiva nos había soltado, observo que los argentinos y una pareja de chicos que más tarde descubriría que eran colombianos, vuelven a subir y empiezan a marcharse de Chamanga. Consigo montarme y me informan de que teníamos que haber bajado en un cruce anterior a la entrada de Chamanga. Me alegro de que no lo hiciéramos, puesto que las mejores fotos que tengo son de este lindo lugar que tristemente no está pensado para el turismo…

vista desde el cerrito de Chamanga

La chiva nos vuelve a soltar en medio de la nada, un puesto de comida y, efectivamente, un cruce. Los argentinos se obsesionan con ir haciendo autostop, mientras que los colombianos no dejan de mirar un mapa bastante divertido, por lo simple. Yo me acerco a unos lugareños que me indican dónde esperar al autobus que podría acercarnos a Mompiche. Es el momento en que uno piensa “en aquel momento pareció una buena idea”. Son las 18.00 de la tarde y quedan escasos quince minutos para que la noche caiga totalmente en esta carretera. Mis compañeros son una versión de los Banana Split en plan rasta y dos paisas (colombianos de Antioquía, y por defecto de Medellin) que parecen recién sacados de Chueca. Niños salen de algunos rincones y empiezan a tocar los vistosos tambores de los argentinos, que por si no fueran demasiado llamativos aun, cargan instrumentos musicales y -agarrense-, una tabla de surf.

El bus pasa, más tarde de lo previsto, tal y como es normal por estos lares. Yo me he hecho bastante amigo de los colombianos, que me hacen muchas preguntas acerca de mi labor con población desplazada, muy sorprendidos y dando por hecho que el conflicto es algo que sólo ocurre en el medio rural… en fin, también tenemos que comernos el estúpido regateo de los hippies argentinos solicitando un “precio para artesanos” al conductor que amablemente ha parado en medio de la nada y nos va a cobrar, sin regateo, un dolar por acercarnos a un sitio que no le pilla de paso.

tenía que haberme quedado en Chamanga...

Cae la noche y dentro del bus los argentinos no pierden el viaje, nunca mejor dicho, y nos regalan con una penosa interpretación de canciones de Totó la Momposina, que pretenden cobrar pasando el sombrero alegando que “en Argentina también tenemos sabor”. Es cierto, pero esas canciones eran colombianas y tú eres de Mar del Plata. No obstante, aplaudo y sigo intentando llevar alguna conversacion a cabo, siendome infinitamente más fácil con los colombianos, que por cierto abandonan la idea de conocer Mompiche y siguen con el bus en dirección a Atacames. Ahora que he conocido Atacames, creo que no hicieron lo correcto, aunque en aquel momento también me pareció buena idea su elección.

el recuerdo de Chamanga era tenaz...

Pero yo me baje del bus, en plena noche, con 4 argentinos a los que no soportaba (ni ellos a mi), en medio de un camino en que se supone que daba a Mompiche, pero tras una larga caminata. Debo reconocer que he pasado por esta situación en Brasil, Uruguay, Chile y Perú, con lo que empiezo a pensar que es parte de un viaje en Latinoamérica. Y como siempre me ha ocurrido (lo único que varía es el tiempo de espera, Uruguay sigue siendo el record), aparece un transporte que se te ofrece a llevarte. Es lógico si tenemos en cuenta que Ecuador es el país latinoamericano con mayor densidad de población (aún no he viajado en un bus que no se llenar hasta los topes). Lo extraño es que fuera una camioneta en la que cupimos los argentinos y sus amplios equipajes -tabla de surf  incluida-, mi modesta persona y una embarazada que se incorporó en último momento.

Tras 20 minutos de viaje agarrado en la parte de atrás y con todo el aire en la cara, llegamos a Mompiche. Esperaba un collar de pétalos de flores, puesto que es un paraíso de surf y que llevo todo el día de viaje para ver la noche cerrada en este pequeño pueblo. Pues no. Un niño de unos 9 años se ofrece a guiarme a la búsqueda de un alojamiento, finalizando mi contacto con los argentinos mientras yo agradezco a los conductores y ellos se van sin ni siquiera despedirse…

Vista desde mi habitación a la mañana siguiente

El alojamiento es mejorable, porque esperaba algo más auténtico y me encontré con la clásica habitación de parejas amigas viajeras (ya saben, una habitación con dos camas de matrimonio), por el que me cobran 15 dolares (10 €, bastante caro para ser Costa Ecuador). Como hoy no he almorzado, decido no quejarme mucho y buscar un sitio donde tomar una cerveza al lado del mar.

Mompiche es el típico pueblito pesquero que ha sido salvado por el turismo. De difícil acceso (nooooo… en serio?), es un destino privilegiado para surferos que incluso deciden instalarse por largas temporadas. Eso suele limpiar de delincuencia y otros males, y genera nuevas dinámicas en la población, que adopta nuevos usos, como las rastas, el reggae, las cabañitas de paja y los cocktails.

Yo me voy a uno de esos chiringuitos, pocos, caminando por la playa. Me quito las botas y gozo al sentir arena en los dedos de los pies. Veo gente del pueblo en la oscuridad, me cruzo con ellos. Unos me paran, me preguntan el nombre y origen y me avanzan que para esta noche se prepara una buena. Claro, asiento. Esta clarísimo que esa va a ser sin mí…

Un bello chiringuito esta preparando cocktails para una pareja, que se mecen en una hamaca paraguaya (también llamadas pernambucanas, depende de dónde). Tomo asiento e interrumpo al barman, que intenta hacer todo a la vez mientras le promete cosas a una jovencita cuyo origen no alcanzo a ubicar. Suenan los Van Van, me subo a una hamaca, veo las olas, bebo cerveza: soy feliz.

Indicado por los manes que me prometían fiesta, me dirijo fuera de la zona marítima a algo parecido a una calle, donde dos opciones me ofrecen cena: Comedor Rosita, con luces de fluorescente y gente exclusivamente emborrachándose, o una casa que aún no se ha acabado de construir (ladrillos y cemento) en la que se ha improvisado un puesto de pollo al carbón. No sé por qué elegí el Comedor Rosita.

En el interior, aparte de ser tú el plato principal para los mosquitos, había un grupo de borrachos viendo los Simpson. Me uní mientras pedía un plato del día (ya saben, arroz, lentejas y algún pescado, nada especial, pero abundante) y una cerveza (1 dolar, 650 ml, con un vasito). Al poco salió de la nada un norteamericano y nos pusimos a comentar experiencias de viajes mientras comíamos y bebíamos y comenzábamos a ver “Yo Robot” de Will Smith. Una media hora más tarde se despedía a dormir tras acabarse una piña colada increible que nos había preparado el mismo barman que ya no hablaba con ninguna moza, en ese estupendo chiringuito que ahora ponía un grupo chileno de ska que ahora mismo no recuerdo el nombre.

Hamaca

Yo pedí un daikiri -que superó a la piña colada, a pesar de que había estado estupenda- y crucé algunas frases con una pareja formada por un rosado canadiense y una australiana diez años mayor… camino de mi habitación alguien me llamó por mi nombre: uno de los nativos que antes me habían abordado me ponía al tanto de que ya se estaba montando una buena, y que incluso “había ron”. Le dije que me esperaran ahí, que en un rato iba… Me imagine la fiesta mientras me quedaba dormido en una cama en la que decidí no instalar la mosquitera (mucho calor…).

~ por J.S. en 17 enero 2010.

3 comentarios to “Manabí”

  1. Hola amigo veo que as pasado por mi pueblo Chamanga y te ah gustado apesar de que este un poco sucio y desordenado no acto para el turismo, te cuento que dentro de un par de años todo sera distinto ya que estoy entrando en un par de proyectos para es mi pueblo y arreglarlo la ma posble ojalas algun dia rgreses y dentro de un par de años y puedas ver el cambio….

    • que envidia que tu pueblo sea Chamanga! espero poder alojarme en alguna acogedora pension en tu pueblo cuando regrese a la costa ecuatoriana algun dia, q espero sea pronto! suerte con tus proyectos y 1 fuerte abrazo Gabriel… vives en un paraiso!

  2. [...] Manabí enero, 2010 2 comentários 3 [...]

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